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miércoles, 27 de febrero de 2013
Ofrecimiento, de Aurelio González Ovies
Camina poesía en San Miguel de Allende
Instituto Allende, el 27 de febrero de 2013
A quien pule el granizo
y al que lo esparce,
ignorando si aún cae
sobre la tierra.
A quien lava la nieve
y a quien la parte
con blanca exactitud muy copo a copo.
A quien recuerda sólo
los mejores momentos
y vierte el infortunio en el olvido.
A quien conoce el nombre de las plantas
y los supersticiosos remedios
de sus pétalos.
A quien nunca acató las órdenes
supremas del que mata muy dulce
al propio semejante.
A quien nunca ha pisado tierra firme
porque nunca ha salido de palacio.
A quien se pincha y sangra.
A quien cree que la cera de una vela es eterna,
que la fogosidad,
la pasión verdadera,
se funda en una noche y dura
para siempre, sin apreciar que el siempre
es el siempre de siempre que siempre
y siempre y nunca ha estado.
Para aquel que almidona las alas
de los ángeles
antes de la alborada
y sus tardas cuadrigas.
El que entra en el amor y queda
definitivamente.
El que amó aquella noche por vez primera
y última.
El que hace del placer su mandamiento.
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viernes, 22 de febrero de 2013
Canción posible, de Aurelio González Ovies Camina poesía en San Miguel de Allende Parque Juárez, el 22 de febrero de 2013
A lo mejor serás un príncipe, muchacho,
y tienes un palacio grande como un siglo
y huéspedes que comen en tu mesa,
alumbrada con candelabros de oro,
manjares y grosellas.
Y un campo de lavanda para pensar las leyes.
A lo mejor, quién sabe, eres obrero
y vives en una casa humilde
con una puerta sólo
y algunos habitantes que te aman
y compartís un pez y un vaso de agua.
No importa, qué más da.
No importa que tú seas poderoso
o pequeño.
No importa que seas nada.
Envidiarán tu nada o tu excelencia.
Somos así los hombres.
Levantarás sospechas igualmente.
Y en tu infinito
soñarás que quisieras.
Que quisieras soñar, si fueras príncipe,
a lo mejor, con un abrazo de alguien
que te ama.
Si eres obrero, quién lo sabe, con un palacio
grande
y un campo de lavanda. (Para Bius)
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miércoles, 20 de febrero de 2013
Arquitectura de las ruinas, de Aurelio González Ovies Camina poesía en San Miguel de Allende Instituto Allende el 20 de febrero de 2013
Antigüedad
mujer hermosa
con ojos pompeyanos
que lleva cestos
de sombra
hasta las viñas
Mar
que se mira
en un espejo
y se serena
antes de que
la vean
amanecer las naves
orgullosas
Mujer
lanceolada
con los pechos
en púrpura
que visita
los templos
y pestañean
las lámparas
de aceite
Cintura de la juventud
de la columnas
melancolía
de la flor de
la manzanilla
que te hace
aniversarios
en latín
al lado
de las losas
Mujer
vestida de ceniza
y rayo de luna
que en la noche
te han visto llorar
sobre un mosaico
Pasabas
levemente
los dedos
por la desvanecida
sonrisa
de los padres
queridos.
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martes, 19 de febrero de 2013
"Me entristece el mundo", de En Presente, de Aurelio González Ovies Camina poesía en San Miguel de Allende Fraccionamiento El Secreto, el 19 de febrero de 2013. A Tuli
Me entristece el mundo.
Ya nunca más podremos ser jóvenes,
mirarnos con vergüenza
mientras estamos solos,
indagar en la noche el sabor de la niebla;
ya nunca más investigar tu cuerpo
cuando el sol te recorre como una lagartija
o conquistar las playas o abrazarnos
un segundo apenas sobre los cuchicheos
de las olas.
Qué pronto llega todo, qué pronto escapa,
sobre todo,
la belleza de estar viviendo a gusto,
de imaginarse libre mientras cruje el verano
y poder darte un beso más tarde de las once.
Y bordear tus rasgos
con la cintura azul de una genciana;
sobre todo, qué pronto muere el cuerpo.
Sí que me entristece
ver la luz reflejada en las tardes del agua
con forma de canción
o preguntarse a veces
donde os habrá esparcido el aullido del faro.
Es difícil palparse las estrías
y no acordarse un poco
de vuestra voz tostada como la adolescencia;
desenvolver un año encima de la mesa
y barajar a medias la nostalgia
y entrar en los perfumes
y marchar vida atrás por un domingo
en que no habita nadie
más que el viento.
Es verdad que me entristece,
que después de haber roto los recuerdos,
las cartas que escribíamos,
miramos si es posible
reconstruir la ausencia, los pliegos
en que hablabas
de no sé qué concierto
o el cierre del bar de los acantilados
donde siempre acudíamos a última hora.
Es verdad que me duele vuestra mirada turbia
de queimada y tabaco,
que mi puño se enrosca
como una caracola con el rumor
de vuestras carcajadas.
Y me entristece el mundo y más que nada
comprender tan así
que solamente somos un tópico
que oculta la rapidez del tiempo.
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jueves, 7 de febrero de 2013
Poema "Junio" del libro Nada, de Aurelio González Ovies
Camina poesía en San Miguel de Allende
Barrio de la Aldea, el 7 de febrero de 2013
Para Marta (Trucha)
JUNIO era azul y alto como los cielos de los sueños.
Chirriaban los grillos, los brezos crepitaban. Calor a media tarde...
Y mi madre decía: no quites la visera.
Recuerdo que Ramón y Quico, con sus ponchos
de jipis, tocaban la guitarra,
debajo de la higuera
cantando a Mocedades y a Agua Viva,
y mi hermana pegaba en los brazos y piernas
calcamonías de lunas y de Camilo Sesto.
Ser feliz día a día era un corto trayecto: rastrear
las camadas de las gatas paridas,
ser el mejor tirando con gomero...
Un verano pasaba más despacio
que ahora toda mi vida.
Y mi madre decía: diviértete y sé bueno.
Y yo amaba a mi madre por encima de todo,
por encima de dios, sobre todas las cosas
y quería abrocharle al cuello un arco iris
y ella me prometía comprarme una laguna
con juncos y libélulas y renacuajos grandes
para detrás de casa.
Yo soñaba con nidos y regatos. Y Marta,
mi reina en nuestro reino,
siempre estaba conmigo, tanto si era viviendo
como si era soñando.
Y mi madre decía: la mitad para ti y la mitad para Marta.
Recuerdo el eucalipto y un bullicio de pegas
y la mar a lo lejos y su luz poderosa
entre verdad y plata
y a Juana que pelaba patatas a la puerta
y escuchaba seriales en la radio.
Por esos días, un día, anunciaron la muerte de Cecilia y Nino Bravo.
Poema XII de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato Calle Aldama, el 6 de febrero de 2013
XII
POR el sol es la hora de empezar a soñar;
recoge los aperos de la vida,
la realidad aquí -ya te lo dije- tiene la tierra
seca, ha sido abandonada.
Nadie es verdad más que los muertos
a pesar de sus siglos.
Nos acostumbraremos a existir al revés
como la calumnia,
surgirás con el apetito de la envidia.
Olvidaremos todo lo que fuimos,
aunque nuestros padres lloren desde los astros;
y no tendremos nombre
para que nadie nos confunda desde ahora.
Nuestra casa estará rodeada de épocas,
de meses boreales.
Nos acostumbraremos a levantarnos pronto
para esperar el tiempo en otra parte
donde los labradores pongan la leche fresca
al borde del camino,
donde los trenes rompan la pereza del alba,
donde la primavera anide en los aleros de tu mirada
esdrújula.
Por el sol es la hora de deciros
que estoy enamorado
y que he venido aquí para dejar encinta a la geografía.
Vuestra historia me gusta porque baila desnuda
cuando llegan los huéspedes
y sus pechos morenos vibran infatigables.
Quedaremos aquí;
nos enseñaréis a pronunciar las sílabas del gozo,
a escribir las tablillas del deseo,
a conjugar la ley que nunca habéis violado,
a vivir sin el fugaz atuendo de los hombres.
Es tarde.
Las estrellas empiezan a salpicar la noche.
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jueves, 24 de enero de 2013
Poema IX de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies
Camina Poesía en San Miguel de Allende
Parque Juárez, el 25 de enero de 2013
IX
EN las viejas miradas la luna canta tangos.
Soy el antepasado de los que me suceden,
soy un gitano oriundo de la flor de la pena,
soy el giro ancestral de la rueda del carro.
Soy un camino errante. Vengo del Norte.
He traído a mis muertos para que vuestros campos
germinen la promesa,
y ha venido la sangre a llover esta tarde
para que aquí reviente nuestra estirpe
con la fecundidad de los volcanes.
Soy el grisú que flota en las bocas ajenas,
soy el túnel que desemboca en la desesperanza,
soy el marzo que apunta en la rama del verso,
soy el corresponsal de las hogueras.
Vengo del Norte,
de la escritura cuneiforme del acebo,
de los funerales de la agricultura,
de la enorme tristeza con que se aleja el oso,
de la genealogía del pan de leña.
Ella viene conmigo porque es fértil
y amamanta a las mulas;
ella es la pregunta carnosa que rellena los frutos.
Algún día entenderéis por qué la quiero
y por qué come el polvo que levanta el futuro.
Tendremos una casa
y vendrán a cocer pan vuestras mujeres;
tendremos un establo y volverán los gritos de las fraguas.
Yo soy de un domicilio rural como la niebla,
soy el rompeolas de la edad tempestuosa,
soy el deseo marítimo de los de tierra adentro,
soy el invertebrado. Vengo del Norte.
No conocéis el viento ni sus silbidos rubios
cuando el bambú se seca.
Yo os traigo miradas viejas,
ojos parados en el solsticio.
Os traigo la luna en una jaula de lágrimas.
En las miradas viejas la luna enciende tangos.
Vengo del Norte,
del cazador furtivo de los páramos,
del relincho huérfano del asturcón,
de los caserones dorados del poniente.
Ella tuvo un reino detrás de la distancia
y descifra los signos de los que nunca llegan;
ella habla dos mil lenguas como los ojos
y redacta los fósiles de la memoria.
Quedaremos aquí,
donde el humo regresa al fuego,
donde la eternidad no bautiza a sus huéspedes,
donde los dioses son salvajes,
donde la verdad cierra al crepúsculo.
Quedaremos aquí y ella estará orgullosa
como el ave que oculta a los polluelos
debajo de su vuelo.
Quedaremos aquí definitivamente cerca del origen del agua.
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miércoles, 23 de enero de 2013
Poema VIII de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies
Camina Poesía en San Miguel de Allende
Instituto Allende. Casa de los Condes de la Canal
El 23 de enero de 2013
VIII
YO no sabía que aquí mirabais el mundo
con los ojos cerrados,
que amabais las cosas con tanto desenfreno,
no sabía nada de vosotros ni de este continente
al que llegamos siguiendo el curso del olvido.
Vengo del Norte,
de los acantilados de un destierro,
de los muelles que esperan la ternura,
de las mareas del último suspiro.
Ella quiere pediros una estrella fugaz para amarrarse
el pelo;
está cansada y ha venido mirando atrás
como los que no vuelven.
Mañana se verá en las aguas y quedará preñada
de las profundidades; mañana, siempre mañana
como hacen las promesas.
Vengo del Norte,
de la edad retorcida de las viñas,
de los poblados rústicos del vértigo,
del alarido febril del urogallo.
Desde ahora poseeréis el delirio de arcilla
que retumba en el vientre de la cerámica,
poseeréis la fuga de las olas, el verbo de la espuma.
Desde ahora beberéis el jugo del pomelo
y plegaréis la simetría del alma en los moluscos
y llevaréis sombreros como los que vendimian
las llanuras del alma.
Yo no sabía que aquí entendíais la prisa de los ríos
y cruzabais la historia en balsas de corteza.
No sabía nada ni de vuestros frutales afrodisíacos
ni de vuestras mujeres migratorias.
Vengo del Norte,
de donde lloran las abuelas cuando suenan las gaitas,
de las escapatorias de los topos,
de las minas saladas de las lágrimas,
de la beatitud que fermenta en los hórreos.
Soy prisionero del salitre. ¿Por qué no preguntáis
cuántos naufragios tengo?
Puedo responderos con una nube.
Ella viene conmigo y en los días bisiestos
la amaré con dos bocas.
Ella es la amada que vieron los pescadores en las afueras
de la niebla.
Ella es la heredera de los faros,
la última gitana de la estirpe del llanto.
Poema XIV de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies Camina poesía en San Miguel de Allende Calle Suspiros y Jesús el 23 de enero de 2013
AMÁRRATE el pañuelo como en los días pasados,
para que nadie ignore nuestro origen
y canta la corriente del río hasta que el sol
se oculte.
Somos los campesinos de la aurora,
los habitantes del poblado que da forma a la lluvia,
los dueños del aliento de la leche
y la frescura femenina de los cántaros.
Es tiempo de sembrar la voz que falta,
es tiempo de enterrar el hambre para siempre,
es tiempo de cocer el barro que nos hunde
en la memoria.
Ella podrá deciros los secretos del fuego
y la blanda leyenda del adobe.
Ella viene conmigo como la azul puntualidad
de las mareas
y romperá en espuma tan pronto como el beso.
Vengo del Norte,
de los brazos comidos de una generación enferma
como la misma muerte,
de las canteras del olvido,
de la simétrica antigüedad de los helechos.
Pero llego al fin,
con la esperanza tierna que apetece en los panes,
con el sabor a tierra que define los cuerpos,
con el escalofrío de la sangre.
Vuestras bocas reventadas
nunca más añorarán la gratitud del agua
ni el refrescante rumor de los cerezos.
Yo también sé cómo gritan las hembras
cuando paren criaturas malditas.
Llorad ahora. Ahora. Nunca os abandonaré,
nunca veréis a esos seres queridos
comidos por las moscas,
nunca estaréis tan solos como el suicidio.
Nunca. Mi palabra es promesa.
Vengo del Norte;
parece que fue ayer cuando caía el sol
en la cal de mi ausencia.
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martes, 15 de enero de 2013
Poema IV de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies
Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato Cuesta de San José, hacia el Atascadero el 11 de enero de 2013
IV EN tus dominios las horas surgen de la nata, de los campanarios del deshielo, del alma de la leche. Esta es la estación de las promesas, el mes por donde cruzan los afluentes del tiempo y donde cogen agua las almas sin oficio. No tengas miedo; la eternidad es húmeda como los besos tiernos de una boca inundada. Deja aquí nuestras cosas, esta es la temporada de frutos deliciosos, de américas y tangos maduros de coraje. Deberías ponerte este pañuelo para pisar la vida que palpita en las uvas y viajar a la siega de nombres imposibles. Canta como si hubieras estado muchas veces enamorada del verano, como si hubieras ido muchas tardes a las tradicionales danzas de las espigas, como si hubieras nacido para morir en una vieja mina de amapolas. Estas tierras han sido reservadas para el más allá de los desesperados. Por aquí han pasado muchos otros a preguntar a dios cuántos pasos nos quedan al destino. No tengas miedo; come unas bayas de esa esperanza roja de la sangre del mundo; prométeme, prométeme. Esta es la estación de las promesas: de decir que estás acostumbrándote a no llevar la carne, de empezar a ser un girasol de cicatrices, de celebrar el llanto de la Naturaleza. La mentira está dentro de todos los arbustos, de todos estos seres que han echado raíces sobre sus propias sombras, pero tú necesitas una droga de barro, un tallo de papiro que conserve los signos de tu belleza acuática. Aquí las horas no dejarán huella en tu mirada porque las horas surgen de la leche que ordeñan los montañeros, de las ubres hinchadas de una madre parida. Yo te prometo ser el campesino de todos tus dominios, la voz que te detenga la lluvia y el granizo cuando estén en flor aún los cerezos dispersos por tus labios; Esta es la estación de las promesas, el tiempo en que la tierra se abre como los sexos insaciables, es la estación más larga de la vida.
Poema VII de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato Cuesta de San José (hacia Correo) el 11 de enero de 2013
EN tus manos los pueblos se verán a lo lejos como un olvido entero de luciérnagas y pasarán los trenes por los márgenes rubios de tus ojos y se irán los pasajeros de tus lágrimas. Vengo del Norte, ella es hija de un humilde sereno que vigila las calles de la conciencia, ella trae la sabiduría de cultivar crisálidas sobre los multiformes pétalos del alma. Necesitaré un río para cruzar a las comarcas donde se compra el grito de la felicidad eterna, necesitaré una mano que bote las voluntades río abajo, necesitaré una corriente favorable a los deseos y un puñado de brisa que apriete las edades. Ella se quedará aquí consolando a la ribera, protegiendo el capullo de la vida, devanando los imperceptibles hilos de la existencia diaria. Me iré con la última luna del invierno y volveré enseguida; volveré con la fluorescencia del verano, con el saúco mágico del que comen los príncipes, con la genciana donde se tiñen los crepúsculos. Volveré con el azahar nupcial donde la libertad es virgen siempre. Esperad en vuestros puestos, detrás de este paisaje de voz medicinal donde la muerte no tiene aniversarios todavía. Esperad sabiendo que regresaré muy pronto y que ella estará en medio de vosotros como un estambre fiel, como una catarata de respeto. Vengo del Norte, me mandan los patrones de la melancolía, me mandan los barqueros de lo inolvidable, los sabios cirujanos de las desilusiones, los curtidos carabineros del ensueño. (Para César y Ana)
Poema III de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato El Atascadero, alrededores de El Castillo (galería de arte) el 11 de enero de 2013
III YO soy el mensajero de los atardeceres, de las horas granates que apiñan las frambuesas. Soy la hora que nunca regresará a su sitio. Soy el conquistador. Soy el atardecer. Vengo del Norte. El ganado está manso como un pantano de oro porque el mundo es pastor en esta orilla desde hace muchos siglos, yo lo vi merendar manteca y miel silvestre. Algún día tendremos una casa, algún día seremos dueños de una pomarada donde la eternidad despierte con los gallos y te ayude a peinar a nuestros dos mil hijos. Vengo del Norte como la blanda niebla que masticáis vosotros en las bodas del viento, como el rostro moreno de la brea con que encendéis los libros de la noche, como las golondrinas que escapan de las cuadras al reventar la seta del otoño. Ella llora porque ha dejado atrás una cruz de violetas encima de su raza, porque sabe que aquí ahorcará su memoria en esta lluvia de árboles que no hubieran nacido. Los pastos están rotos, pero traigo un arado con los dedos de un dios que arañarán la tierra hasta tocar los huesos del primer enterrado. Ella rota un molino cada vez que me mira para pedirme amor entre la hierba alta, cada vez que me sube a los graneros donde la voz deposita su harina indescifrable. Os traigo una noticia envuelta con hojas de castaño, una noticia fresca que necesita tiempo debajo del estiércol, pero será tan grata como la novia nueva que grita cuando rompen su blanca idolatría. Ayudadnos a descargar nuestra carreta; que ella se pose despacio como una edad que acaba de romperse las piernas y necesita esclavos para bajar la vida. Veo que está la noche cantando como un grillo y que vuestras esposas han encendido el fuego. Podéis iros, que el vino sólo tiene un momento como las decisiones. Mañana volveremos a vernos cuando el rocío enmarque cristales a otro día y amanezca de nuevo la palabra distancia.
Poema XI de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies
Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato La Lejona, el 10 de enero de 2013
XI EN las tardes de agosto te llevaré a las grutas donde el fresco gotea como los condenados. Serás dichosa aquí, alta como los pinos, desplomada como los tejos. Sangrarás todos los meses por la palabra hembra, beberás la mentira de las generaciones, encontrarás la hierba que intoxica la angustia, manarás de ti misma la venganza. Serás feliz aquí, noble como la higuera, furibunda como los rayos y verás a los tuyos cada vez que haya bruma. Yo te levantaré molinos con los brazos de quienes suplicaron decirte eternamente adiós desde lejos; yo te dibujaré los planos del olvido, el camino redondo donde giran los muertos, la muralla de gritos donde da vuelta el tiempo. Tendrás las manos siempre abiertas como el día, los ojos encendidos como una primavera. Serás feliz aquí, te lo prometo. Os prometo a vosotros que ella no cesará de labrar vuestras tierras de sueño y conquistar las mieses en que dora el destino.
El cuento de la vida, en Las señas del perseguidor, de Aurelio González Ovies Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato La Aldea, el 7 de enero de 2013
Recoge las palabras,
apaga el fuego.
Dame tu mano vieja.
Dame tu mano atardeciendo,
tu mano de pastora,
—cinco dedos de fuerza—.
Y sal conmigo y nómbrame
el nombre de todas las estrellas del cielo de la noche.
Poema XVII de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato Instituto de Bellas Artes, Convento de la Concepción, el 29 de diciembre de 2012.
HOY estarán los dioses maldiciendo su nombre. Hemos aprovechado la media noche para salir del mito a oscuras como el pecado. No tenemos nada. Nuestros cuerpos desnudos y la palabra en fuga. Venimos decididos a ser los habitantes de las brújulas, la huella interrogante de los desorientados, la onda que delira en la fiebre del agua. Hoy estarán los dioses desangrando su nombre y una estirpe sin ojos surgirá de la lluvia. Desde entonces veréis solamente lo incierto. Vengo del Norte, de la recolección de los fracasos, de la prisa milenaria de la aurora, de las desilusiones del poniente. Si nos dais cobijo, ella tendrá el augurio de las constelaciones, será la mujerluna de la palabra cielo, guardará la orfandad de la palabra alma. Quisiéramos quedarnos en este amor vallado, acariciar la vida templados como un clima; quisiéramos amarnos al norte de la bruma y dormir unos siglos en vuestros lechos blandos.
Poema XVI de Vengo del Norte, de Aurelio González Ovies
Camina Poesía en San Miguel de Allende, Guanajuato
La Lejona, el 28 de diciembre de 2012
XVI
Fue dura la verdad como un arado Pablo Neruda SOLAMENTE una tarde soñaremos sin rumbo, aunque soñar es fácil desde vuestra ternura. Yo también quise ser y alcanzar tantas cosas como vosotros mismos, pero al final me tumbo a la sombra del hombre, a la engañosa sombra de la vida. Vengo del Norte y canto la nostalgia de un verano que acaba, de un pañuelo que dice adiós al horizonte, de unos ojos que lloran cuando parten los barcos. Por mi casa pasaban, al rayar la mañana, pescadores morenos como la idolatría, hombres con más salitre que el egoísmo del océano. Soy recuerdo y soy faro y soy costa que espera vuestros ágiles remos, vuestro asomo de muelle, vuestra mirada libre. Aquí merendaremos como en los viejos tiempos, recordando las hembras que conocimos lejos y perdieron su fe por el amor de un día. Beberemos hasta que no sepamos la causa de la noche, hasta que nos apene nuestro ser miserable y escupamos el miedo que llevamos a cuestas. Es muy fácil soñar lo que nunca seremos, lo que, a pesar de todo, hemos perdido. Pero es corto el camino, duro como el arado.
Hace tiempo comencé a grabar el paisaje mientras decía en voz alta poemas de memoria. Casi siempre en soledad, esas piedras y esos árboles me han venido pidiendo versos. A veces son los mismos lugares y las palabras ya están posadas en las ramas o extendidas cuan largas en las nubes.
Casi siempre también ocurren coincidencias asombrosas. Digo "perro" y ladra un perro. Digo "esperanza" y la calle así se llama. Digo "hoguera" y a lo lejos unas personas hacen un fuego. Digo "aquel pájaro" y un ave vuela, la sigo con la cámara y ella dibuja el vuelo del verso.
Como si todo acudiera puntual a una cita.
La palabra poetiza el paisaje, pero son las cosas, las simples cosas, las que liberan su belleza, como una fragancia, al soplo del verso. La tecnología está de por medio, pero solo eso, como medio.
El poema, portador de la interioridad misteriosa de su autor, está en mi memoria, también interior y misterio. Y así dicho, así tan al paso, hecho aliento, retorna al manantial de su ser, que está en cualquier parte del mundo porque el mundo camina poesía. María García Esperón
María García Esperón
San Miguel de Allende, Guanajuato. Diciembre 2012.